
Una reflexión personal sobre la intuición y el sentido
“Para ver, cierro los ojos.”
— Paul Gauguin
Hay días en los que todo va demasiado rápido. El mundo sigue su ritmo —o mejor dicho, su carrera— y yo me descubro intentando estar a la altura de todo… pero con una sensación sutil, persistente, de que algo no encaja del todo. Aunque por fuera parezca que todo está en su sitio, hay una parte de mí que se queda mirando al vacío, como si preguntara en voz baja: ¿y esto es todo?
No sé si a ti también te pasa. Pero hay momentos en los que siento la necesidad de cerrarlo todo.
Los ojos. Las pestañas. Las notificaciones. Los planes.
El impulso de apagar un poco la vista para empezar a sentir.
Y es que cerrar los ojos ha dejado de ser un gesto de descanso.
Se ha convertido en una forma de volver. De regresar a ese espacio interior donde las cosas no son urgentes, pero sí importantes.
De escuchar esa vocecita suave, que no grita ni presiona, pero que sabe. Siempre sabe.
No siempre fue así. Durante años confié más en lo que veía que en lo que sentía.
Si algo era visible, medible, tangible, entonces era real. Lo demás… lo clasificaba como imaginación, sensibilidad exagerada, cosas que no servían para avanzar.
Pero con el tiempo, la vida —y también el cuerpo— me fueron mostrando que no todo lo que pesa se ve, y que hay verdades que no pasan por los ojos.
Ahora, cuando cierro los ojos, no me desconecto. Todo lo contrario:
me conecto con lo que me sostiene por dentro.
Me conecto conmigo.
Y no es solo una percepción personal: la neurociencia lo confirma.
Cuando cerramos los ojos, el cerebro reduce el procesamiento visual y se activan zonas relacionadas con la memoria, la imaginación y la percepción profunda.
Es como si, al quitar el foco de lo externo, se abriera una puerta hacia dentro.
Pero esto, en el fondo, ya lo sabían las generaciones anteriores.
Los sabios sin pantallas, pero con silencio.
Las abuelas que se sentaban en el porche a mirar la nada y encontraban respuestas.
Los niños que cerraban los ojos para soñar sin miedo.
No hablo de iluminaciones ni grandes revelaciones.
Hablo de cosas pequeñas, pero verdaderas:
De esa vez que cerraste los ojos antes de tomar una decisión difícil.
De esa presión en el pecho que te dijo “por ahí no”.
De esas imágenes que vinieron sin buscarlas mientras respirabas hondo.
De ese no sé qué, que muchas veces… es todo.
Yo no siempre entiendo lo que siento.
Pero cuando me doy permiso para cerrar los ojos sin miedo, algo se recoloca.
No siempre aparece una respuesta clara, pero sí una dirección.
Y en este mundo saturado, eso ya es un regalo.
Puede que el mundo siga igual cuando los vuelvo a abrir.
Pero yo no.
Yo ya he visto algo que estaba dentro y que no quiero volver a ignorar.
No vengo a darte un consejo ni una técnica.
Solo quería compartir esto contigo, por si tú también estás buscando una forma de ver más claro.
Y quién sabe…
tal vez esa claridad no esté en mirar más fuerte, sino en mirar distinto.
Cierra los ojos.
Escucha.
Quizá ahí empiece algo.
— Candy Díaz