
A veces no es lo que pasa fuera lo que más nos duele,
sino la rigidez con la que queremos que la vida sea.
Creemos que la felicidad llegará cuando las cosas encajen,
cuando todo sea como imaginamos.
Pero la mayoría de las veces no llega.
Y cuando por fin conseguimos lo que tanto esperábamos,
descubrimos que seguimos igual.
Entonces entendemos que no era eso.
Que el problema no está en el hacer ni en el tener,
sino en habernos olvidado de ser.
Ser como realmente somos, sin forzar, sin pretender,
sin seguir esquemas que no son nuestros.
En el tercer paso de mi método CANDIDE,
la N de Negación doble,
trabajo justo esto.
Aprender a negarnos lo que nos apaga por dentro
y también a decir “no” fuera,
a lo que no nos cuida ni nos define.
Negar no es cerrarte al mundo.
Es saber elegir qué vida quieres vivir.
Es dejar de alimentar lo que te hace daño,
aunque sea cómodo o conocido.
Y también es dejar de creerte todo lo que piensas de ti,
sobre todo lo que piensas que te limita o te hace pequeño.
Cuando vivimos desconectados de lo que necesitamos,
llega la incoherencia.
Y con ella, el juicio.
Esa voz interna que compara, que exige,
que mira al mundo como si tuviera que poner orden.
Una especie de justiciero interior
que no soporta ver fuera lo que no arregló dentro.
Lo que juzgamos con más dureza
suele hablarnos de una herida abierta.
Una herida que llevamos dentro sin darnos cuenta
y que sangra cada vez que la vida no sale como queremos.
Funciona como una hemorragia interna:
invisible y dañina.
Nos da miedo sufrir, y por eso, intentamos controlarlo todo.
A los demás, al entorno, a nosotros mismos.
Queremos que todo sea perfecto,
y al exigir tanto, terminamos agotados y perdiendo nuestra valiosa energía.
No nos damos cuenta de que la imperfección es nuestra naturaleza.
Que fallar, dudar o no saber es parte de lo que somos.
Y que exigir a los demás lo que no nos perdonamos a nosotros
solo alimenta nuestro dolor interno.
Quizá el trabajo no esté en cambiar lo que pasa,
sino en aprender a mirarlo de otra forma.
En aceptar que la vida no viene para cumplir objetivos ajenos,
la vida viene para vivirse.
Y que cuando dejamos de pelear con ella,
esta, empieza a tener sentido.
SOMOS cuando nos permitimos ser esa persona perfectamente vulnerable Cuando decimos lo que pensamos, desde nuestra necesidad…
y no desde el patrón preestablecido.
Somos cuando perdemos el miedo a mostrar nuestra PARTE MÁS ESENCIAL.
Sin filtros y con orgullo de ser la persona en la que me he convertido.
Y por último, SOY, cuando aprendo que solo yo puedo darme el amor que demando a el otro.