Me pregunto…
cómo se aprende a soltar lo vivido,
eso que al vivir se volvió vínculo,
que dejó huella, que caló hondo.
¿Dónde está ese botón
que al apretarlo alivia
el malestar de no poder sostener
lo que fue y ya no es?
¿Dónde encontrar los por qués
para soltar las sin razones,
los desazones,
las punzadas que no avisan?
¿Cómo se borra esa línea en la vida
que ya pasó,
pero se dibujó tan fuerte
que aunque borres el papel,
el trazo sigue ahí,
marcado,
silencioso,
presente?
Y si se repite el encuentro…
si la vida te pone delante de nuevo
aquello que creías superado,
y todo tiembla —fuera y dentro—,
y hay una sacudida de esas
nivel Dios…
¿Entonces qué?
¿Se trata de soltar…
o de redirigir?
¿De volver a dibujar,
quizá con líneas de colores,
y no con el gris del recuerdo?
Tal vez ahí,
justo ahí,
se abren las posibilidades…
Porque para gustos, los colores,
y yo elijo vivir
en esa verbena de color,
sin miedo.
Quizá entonces entienda
que la alegría es de color
y la pena se vive en blanco y negro,
en esa polaridad de todo o nada,
de lo que fue o no fue,
de lo que pudo ser.
Y si no fue…
puede que haya otra forma,
otros modos,
otra realidad
pintada a medida.
No de talla única,
ni vendida al por mayor,
sino en formato traje a medida,
confeccionado con intención,
delicadamente medido,
como un tibio guante
que te protege
y a la vez te deja libre.
Libre para vivirte.
A tu ritmo.
A tu manera.