
Y llega un momento en la vida en que lo más inteligente no es seguir, sino soltar.
Deshacer la maraña.
Dejar de sostener lo que pesa demasiado.
Aprender a escuchar esa voz interna que ya lo sabía.
Esa que no grita, pero insiste.
Esa que te hacía imaginar lo que temías… y en medio del miedo, sentías alivio.
Un alivio que te abría espacio en el pecho.
Que te dejaba respirar sin dificultad.
Que te traía sensaciones tan limpias, tan puras, que hasta te conectaban con tu niñez.
Como cuando olías la comida al llegar a casa.
Como cuando te alegrabas de compartir con amigos sin necesidad de entenderlo todo.
Como cuando el mundo era un misterio, y no importaba si lo ibas a descifrar algún día.
Bastaba con saborearlo. Con vivirlo. Con estar.
Era tan sencillo…
Y ahora lo hacemos tan complicado.
Demasiadas ideas de cómo deberíamos vivir, sentir, hablar, ser.
Demasiadas copias.
Y en medio de tanto molde, nos olvidamos de que no somos copia de nadie.
Que somos pura originalidad.
Que no hay nadie como tú. Ni como yo.
Pensar esto me lleva directo al agradecimiento.
A mis raíces.
A los que estuvieron antes, a los que caminaron por esta tierra antes de que yo naciera.
Gracias a ellos estoy aquí, escribiendo estas líneas.
Y cuando ya no esté, otros escribirán por mí.
Esa idea me conmueve.
Saberme eslabón de algo más grande.
Sentir que soy única, sí, pero que también formo parte de una historia compartida.
Una historia tejida con otros hilos, otros nudos, otras búsquedas.
Cada vida diferente, cada alma única… pero todas movidas por la misma necesidad de sentido.
Porque al final, lo que todos queremos es lo mismo:
Una vida que tenga sentido.
Una vida que se sienta vivida.
Una vida que no duela por dentro aunque sonría por fuera.
Y me nace un gracias.
Gracias a los que vinieron antes.
A los que abrieron camino aunque no supieran hacia dónde iban.
Gracias por su fuerza, por su ternura a veces torpe, por sus dudas, por sus aciertos.
Gracias por su humanidad.
Porque yo no empecé de cero.
Llevo dentro historias que no viví.
Dolores que no entiendo.
Amores que me espejan.
Soy quien soy también por ellos.
Y eso me recuerda que este mundo no empieza ni acaba conmigo.
Estoy aquí para tomar el relevo.
Para recoger el testigo con humildad y hacer mi parte con conciencia.
Para dejar el suelo un poco más fértil.
El aire más limpio de juicios.
Las relaciones un poquito más amorosas.
Para que quienes vengan después puedan caminar con más claridad,
o al menos, con menos miedo.
Porque si puedo agradecer hacia atrás,
también puedo elegir ser agradecida hacia adelante.
Y en esta vida que parecía eterna al comienzo y que ahora siento que se escurre como arena entre los dedos…
quiero seguir soñando.
Quiero seguir respirando la vida.
Pero sin cargarla a los hombros.
Quiero soñarla con los ojos abiertos.
Vivir ligera de equipaje,
para morir cargada de experiencias vividas con sentido.
Ese sentido que eriza la piel.
Que moja los ojos.
Que deja huella en el alma.
Y entonces entiendes que la felicidad no era otra cosa que tiempo de calidad vivido.
¿Qué opinas tú de todo esto?
Te dejo aquí tres preguntas, por si te resuenan, por si te tocan:
¿Cuánto te has olvidado de ti en medio de tanto hacer, de tanto deber, de tanto ruido?
¿Dónde quedas tú entre tanta copia, tanto molde, tanta expectativa ajena?
¿Qué pasaría si fueses capaz, por fin, de ser tú… sin disfraz, sin permiso, sin miedo?
— Candy Díaz